CONCLUYE EL XI FESTIVAL DE DRAMATURGOS COMUNITARIOS MEXICANOS

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Por Alejandro Laborie Elías, crítico de teatro.
 Foto tomada de facebook
El teatro tiene sus orígenes, al menos en occidente, a partir de rituales, de hechos místicos y hasta con una buena dosis de mágico. El Festival de Dramaturgos Comunitarios Mexicanos terminó con éxito su XI edición en Amecameca y Tlalmanalco, Estado de México. Éste se caracteriza por ser el resultado de un taller previo, con una duración aproximada de seis meses, impartido por la maestra Sonia Enríquez, en el que participan personas del pueblo (estudiantes de secundaria y preparatoria, amas de casa, normalistas, empleados, obreros…) esto es, no son escritores profesionales.
Si lo anterior es destacado, tanto o más importante es el hecho de las temáticas: todas basadas o inspiradas en leyendas, mitos, tradiciones que rememoran el México precolombino con sus deidades a partir de una visión contemporánea, la vigencia del imaginario colectivo en la vida cotidiana de nuestros pueblos. En algunos casos las obras son el resultado, al menos de inicio, de hechos reales que se fueron transformando hasta nuestros días y finalmente convertirse, reiterando, en mitos y leyendas, con la salvedad ahora con una estructura dramatúrgica.
Analicemos las propuestas del presente año. Iniciemos por JUU SIWA NAKEO, LA FLOR DEL AMOR, drama legendario yoreme, de Neyra del Carmen Ovando. Una tragedia, una historia de amor con una desastrosa conclusión. En el subtexto se encuentra un conflicto de carácter religioso (bautizados en contraposición con los que no lo están), un sincretismo entre dioses prehispánicos y el Dios de los blancos; también hay una disputa entre una madre posesiva y una joven enamorada. Un texto de buena manufactura, ágil, lineal y desgraciadamente más que previsible la conclusión. Por momentos poético, un canto a la palabra, una historia de amor desde un punto de vista diferente. Se nota que hay oficio, no en vano es la décima obra de la autora.
La puesta en escena a cargo de la Compañía Fusión Escénika, del municipio de Nicolás Romero. La función presenciada se llevó a cabo en el auditorio Sor Juana de la Universidad Autónoma del Estado de México. La impresión es que el montaje se concibió de origen para un espacio abierto, porque los actores en vez de expresarse con buena voz, con firmeza, de principio a fin gritaron. Ernesto Fuertes, responsable de la dirección se valió de un trazo sencillo pero eficaz, explotando el valor intrínseco del texto y las limitaciones, no sólo de voz, de algunos de sus actores.
ESCUELA DE NAHUALES, juguete legendario azcapotzalca, de Édgar Vera Suárez (homenaje póstumo al autor). Obra para niños, combinación de elementos prehispánicos en un entorno contemporáneo. Interesante la anécdota, lenguaje sencillo, lineamiento didáctico sobre lo nahuales, los dioses, la naturaleza y el control de los elementos, luchar y pasar la prueba de la ignorancia sobre tan singulares personajes (nahuales); una mitología.
Miguel Araujo Cid, al frente de la Academia de las Artes, a través de un montaje simple, vestuario híbrido, niños en el elenco, destaca Antuán Axel Chavarría. Un trazo sin mayores complicaciones, nada para resaltar. Bien el empleo de la percusiones y silbatos, le dan ambientación. La propuesta mejoró cuando se presentó en el atrio del Sacromonte.
Mercedes Macías presentó su “juguete legendario” LOS ALUXEX. De estructura sencilla, lineal, conclusión más que predecible. Escenas que se alargan en el planteamiento ya agotado, se diluye la esencia. Sin embargo, es interesante el fondo, la defensa de las tierras, el respeto a los duendes que protegen y castigan. No importa la modernidad, las tradiciones ancestrales, modificadas, perduran, ahí el interés del texto. El montaje quedó fuera de comentario por problemas internos de la compañía Ensamble de Títeres.
Lucy Ceballos, autora de SE DICE DEL CACAO QUE…, presentó una obra de gran estructura dramatúrgica, despierta el interés de principio a fin. Sus personajes bien definidos con relación a sus caracteres, buena inserción de los coros. Plantea con agilidad la lucha y venganza entre los dioses y diálogos acertados entre ellos. El programa la define como una “comedia mítica”, cada uno puede entender por comedia diferentes cosas, no creo tenga cabida en ese género, más allá de eso la dramaturga ofrece un texto idóneo para escenificarse.
El grupo Corpus Teatro (UNAM) bajo la batuta de César Mejía captó a la perfección el sentido de la obra, la agilidad e interés los consiguió en escena, así como todos sus valores. Un vestuario y un maquillaje cuidados, en el caso de los coros hasta alegóricos; una musicalización sutil, lo suficiente para ambientar (percusiones, cuerdas y alientos). Ritmo y trazos dignos de reconocimiento.
EL ENCANTAMIENTO DEL AGUA, autoría de Ricardo Mendoza, posee un lenguaje altisonante, sin embargo, no ofensivo. Hay escenas muy largas, texto de altibajos; un híbrido con relación a los géneros, por momentos se aparta de lo dramatúrgico y cae de lleno en la narrativa.
La puesta a cargo del grupo La Urgencia, bajo la dirección de Daniela Parra, se caracterizó por escenas planas, el montaje tiene algunos aciertos, sin embargo, el elenco muy disímbolo, algunos destacaron otros desmerecieron.
Por otra parte, Hugo Cortés participó con la obra ITZAMNA E IXEL (drama mítico maya), de excelente estructura, manejo ideal de los coros. El conflicto emana de la intriga, derivando en otros rubros como el suicidio; formidable desarrollo de la trama hasta llegar a un epílogo explicativo, pero no didáctico.
Bajo la guía escénica de Hugo Cortés, el Colectivo Zazil (UNAM) convirtió en un deleite la representación, un gran trazo aprovechando al máximo el espacio abierto donde tuvo lugar. Conocimiento sobre la función de los coros, con sus diferentes arquetipos. Percusiones tenues sólo matizando situaciones. Lo mejor del festival.
Concluyamos con LEYENDA ÓPATA DE LA LUNA, de Virginia López Ruiz, melodrama contando una historia con muchas deficiencias dramatúrgicas, más en la narrativa, sin clímax, de hecho inmerso en la cursilería. de lo presentado en el Festival el texto más pobre y menos elaborado.
Si lo anterior es grave, más lo fue la representación a cargo del grupo Teatro Kali, dirección de Zyanya Zamora. Una total falta de imaginación, trazo paupérrimo, a lo que hay que agregar las deficiencias actorales notorias, incluyendo el olvido de los diálogos que llevaron a “tiempos muertos”, no es lo mismo que pausas escénicas. Sin vestuario y un “maquillaje” improvisados.
Esto es en síntesis el resultado del XI Festival de Dramaturgos Comunitaros Mexicanos, celebrado del 22 al 25 de octubre.