HENEQUÉN (LA ESCLAVITUD EN YUCATÁN)

HENEQUÉN (LA ESCLAVITUD EN YUCATÁN)

Por Alejandro Laborie Elías, crítico de teatro

Imágenes tomadas de la página de Facebook de Carretera 45

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Pocos, sobre todo, las generaciones jóvenes, están al tanto de la situación de esclavitud vivida por los mayas a finales del siglo XIX y principios del XX, por situar una época. Aparentemente, abolida, los nativos padecían, no sólo la pérdida de la libertad, en muchas ocasiones, producto de sus deudas con los prestamistas; eran herrados como animales, azotados, golpeados, mal alimentados, hacinados, sin ningún tipo de asistencia social, largas jornadas laborales, recibían su paga en moneda sólo aceptada en la hacienda donde eran explotados, obligados(as) a casarse con quien el patrón decidiera…

Este negro panorama es llevado a escena por Conchita León -dramaturga y dirección-, al frente del grupo Saas Tun, radicado en la ciudad de Mérida, Yucatán. El texto se denomina Henequén. En principio se puede decir que hay pocos diálogos, en buena medida es narrativo, casi siempre dirigiéndose al público en forma directa; en gran parte es narrativo de hechos, descriptivo de una realidad histórica -en menor grado, obvio, presente-, lenguaje inteligente, concreto, con belleza literaria, toca visceralmente al espectador, ubica en una realidad desconocida, un tema que no debe quedar en el olvido, sirva para reivindicar los derechos y dignidad de los actuales pueblos mayas. Se agradece a Conchis la oportunidad de acercarnos a través del teatro a nuestra historia.

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La dirección es acertada, buen ritmo si se toma en cuenta la estructura dramática. Un espacio diseñado, parece en su totalidad por Juliana Faesler. Títeres y móviles, doña Paulina, una anciana, nieta e hija esclavos, narra la tragedia de sus antepasados, en forma curiosa el muñeco es manipulado y recibe la voz de un varón; otro es el hijo del hacendado, dueño de los campos henequeneros (henequenales), bien manipulados, dan un toque estético, seres inanimados cobran vida, el material para su manufactura deja de ser pasivo para desgarrarnos. Aun cuando en el fondo hay mucha violencia, se maneja en forma sugerida, no directa, incluso, con valores artísticos, si se permite la expresión. Se le debe reconocer a Conchis, junto con Juliana, la iluminación, sobre todo, por las limitaciones del equipo del lugar, Carretera 45, donde dieron tres funciones, avalaladas por la residencia del grupo La Máquina de Teatro.

Las actuaciones acordes a las necesidades dramáticas; cada integrante del grupo en su rol, acertados, integrados; el protagónico, si bien recae en un títere, desde lo humano es la propia Conchis, acompañada por Raúl Niño, Lourdes León (muy bien es su condición de blanca humillando indígenas) y Alejandra Argoytia. Da gusto ver la formación, no sólo entrega, digna de reconocimiento tomando en cuenta las condiciones en las que se desarrollan estos grupos independientes en el interior de la República Mexicana. Ojalá haya oportunidad de volverlos a ver en la Ciudad de México, para sensibilizar acerca de cómo el último lujo para un maya puede ser morir en su pedazo de tierra.