LA ÚLTIMA PALABRA

Texto y fotos por Eugenia Galeano Inclán

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En fechas recientes las redes sociales se revolucionaron ante la etiqueta (#hashtag) “mi primer acoso”.  Innumerables historias sobre acoso, abuso, golpes, maltrato y/o violación fueron narradas por usuarios.  Estos relatos -algunos realmente tenebrosos-, narrados en primera persona, no sólo nos conmovieron sino que nos llevaron a la reflexión que deriva de la equívoca premisa sobre el sexo fuerte, que no es sino el machismo. El abuso de poder o de fuerza física para dañar a una víctima es un acto deleznable que no debe ser permitido. Salieron a la luz algunos nombres y apellidos, y no nos queda sino esperar que se imparta la justicia.

Existe otro tipo de crueldad de la que, comúnmente, no se habla, pero que está mucho más generalizada de lo que creemos y se trata de la violencia intrafamiliar, la cual es igual de abominable que los demás actos de acoso o abuso, con el agravante de que ocurre dentro de un lugar preciado. Todo ser viviente se preocupa y esfuerza por tener un hogar, llámese nido, madriguera, colmena o casa; es el lugar que sirve de protección y amparo, donde uno se siente cobijado y seguro. Los hombres que agreden a sus mujeres dentro del hogar cometen una doble afrenta: victimizan a quien los ama y mancillan su hogar.

Por naturaleza, las mujeres son románticas y cuando se enamoran lo hacen con todo su ser. Suelen ver al elegido como su príncipe azul y lo idealizan agregándole cualidades que sólo están en su pensamiento. Les cuesta mucho trabajo situarse en la realidad.  La mayoría de los ataques son bajo el influjo del alcohol. Al principio, ellas tratan de encontrar justificaciones: “cometí un error, lo hice enojar, tomó de más”, etcétera, porque su mente no puede aceptar que su príncipe sea un agresor. Sin embargo, mientras más a menudo o más intensas sean las agresiones, llegará el momento en que tomen conciencia de lo que realmente ocurre. Por profundo, sincero e incondicional que sea el amor termina por esfumarse y el rostro del ser amado se va desdibujando para redefinirse en el de un miserable. Es ahí cuando se le puede ver tal y como es.  La desilusión, el dolor y el terror que padecen estas mujeres son inenarrables. Lo lógico sería intentar una separación, sin embargo, es muy difícil que el verdugo libere a su víctima, tanto como pretender arrancar una presa de las garras de un depredador. En caso de que medien amenazas de muerte o si la mujer siente que su vida o la de sus hijos corre peligro, el instinto de supervivencia le infundirá la fortaleza necesaria para buscar la forma de suprimir los ultrajes, incluso, si la única salida es matar o morir.

Un caso semejante a éste es la temática elegida por el connotado autor argentino Luis Agustoni para La última palabra, un texto de excelente factura, muy estructurado, escrito con inteligencia y conocimiento, con parlamentos fundamentados y personajes bien definidos, que capta el interés de principio a fin. En nuestro país recordamos a Luis Agustoni por Los Lobos, uno de sus grandes éxitos. Su trayectoria teatral es amplia y en la misma se engloban sus diversas facetas, toda vez que se ha desempeñado como actor, director, docente y dramaturgo. Ha sido merecedor de numerosos premios, entre los cuales hay muchos de gran relevancia. Sus obras han sido presentadas, básicamente, en Argentina, México, Chile, Uruguay, Brasil, Perú, Venezuela y Colombia.

La trama de La última palabra versa sobre la deliberación de un jurado para emitir sentencia a Adriana Vélez, quien asesinó a Ernesto Molina, su esposo. En la sala del tribunal, tres jueces habrán de llegar a un acuerdo unánime que decidirá el destino de Adriana. En el expediente del caso consta que Adriana era víctima de violencia intrafamiliar. En varias ocasiones trató de levantar denuncias en contra de su marido, pero éstas no prosperaron. Optó por separarse de su esposo y conseguir un trabajo.  Dado que durante el matrimonio procrearon a Tomás, continúa reuniéndose con Ernesto cuando él hace las visitas paternas.

Tras la revisión, cada uno de los jueces da un veredicto distinto. El problema es que deben unificar su decisión y dictar la sentencia definitiva. Para alcanzar un acuerdo tal vez requieran escuchar La última palabra de Adriana.

La dirección corre a cargo de la primera actriz Angélica Aragón, quien hace una labor brillante. Planea bien el desplazamiento escénico de su elenco y acentúa las características individuales de cada personaje, mediante la corporalidad adecuada.  Mantiene buen ritmo.

El montaje es realista. Representa la sala de un tribunal de justicia, moderna, con tintes propios de burocracia, mobiliario adecuado, café, jugo y agua para hidratarse, computadora portátil para que la secretaria del jurado lleve constancia de la deliberación. La escenografía e iluminación son provistas por Edgar Sánchez.

El elenco para personificar a los tres magistrados y a la secretaria del tribunal está conformado por: Roberto D’amico,  Pablo Perroni,  Víctor Hugo Martín  y  Adriana Llabrés, quienes ofrecen un formidable trabajo histriónico y corporal. Roberto encarna al magistrado decano, a punto de jubilarse, muy respetado por su experiencia y desempeño; Pablo al magistrado joven, inteligente, de carácter fuerte, de físico cuidado, algo galán e impulsivo; Víctor Hugo al magistrado tradicional, ecuánime, educado, elegante, siempre en busca de una solución justa, y Adriana a la abogada que funge como secretaria del tribunal, la belleza no le resta inteligencia ni profesionalismo, con una memoria tan privilegiada que dicen de ella: “tiene un disco duro en el cerebro“.

El resto del equipo creativo lo integran: Mariano Ducombs y Eloy Hernández en producción, Sebastián Ventura en multimedia, Rubén Vera en diseño gráfico, Memo Pineda en relaciones públicas y medios, Julio Arroyo en asistencia de dirección,  Patricia Hernández Mendoza, Alejandra Sandi, Francisco Hernández Castelán y Georgiana Cueto en coordinación de producción.

Cabe hacer la aclaración que se trata del estreno mundial de La última palabra. No pierdas la oportunidad de ver esta obra. Texto interesante sobre un tema de actualidad, acertadas interpretaciones y buena dirección. Sería maravilloso que el teatro contribuyera a que, al menos, un agresor se concientice de cuánto daño causa y que entienda que mientras mejor trate a su mujer más placentero será su hogar.

La última palabra se presenta los lunes a las 20:30 horas en el Teatro Helénico, ubicado en Avenida Revolución número 1500, colonia Guadalupe Inn -cerca de la Estación Barranca del Muerto del Metro-, en la Ciudad de México. La temporada concluye el lunes 1° de agosto de 2016.

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