DESPUÉS DE LA LLUVIA (AMOR PATÉTICO Y PATOLÓGICO)

 

Por: Alejandro Laborie Elías, crítico de teatro

 Imagen de DESPUÉS DE LA LLUVIA (Bajada de la página de Facebook de la producción)

 

Después de la lluvia - copia

Toda obsesión por naturaleza es negativa, cuando ésta se da con relación a la pareja, cuando el sentimiento sale de control, cuando lo más sublime del ser humano, esto es, el amor, nada más doloroso que sucumbir ante lo patológico y convertirse en un ser patético. Ella, una mujer dispuesta a todo con tal de recuperar al ser amado; Él, indiferente, pedante, hastiado, incómodo ante el acoso; una dualidad entre el amor y el desamor.

 

Así son los personajes de Santiago Arena en DESPUÉS DE LA LLUVIA, obra en donde un encuentro casual -bajo una tormenta- lleva a un hombre y una mujer a revivir su pasado, obvio hay momentos en que ambos se dicen sus verdades, lo que en el subconsciente ven en el otro. Lazo que dejó cicatrices. Ella al borde de la histeria; Él inmerso en un ego igual de enfermizo. Un texto con grandes pretensiones, el resultado final es intrascendente, frases sueltas, algunas pueden despertar cierto interés, en su conjunto para el olvido. Escena tras escena no hay avance, desde el inicio se percibe como única verdad que no hay nada entre ellos, tal vez nunca lo hubo. El desenlace predecible, inclusive por ahí de la mitad del desarrollo se intuye. Las retrospectivas no aportan nada para explicar, de no ser el adulterio, por qué llegaron a ese punto. Una obra no apta para feministas, la mujer en el suelo, el varón pisoteándola.

 

Al desastre dramatúrgico hay que agregar la dirección de Rocío Belmont, deprimente, un ritmo y un tono semilentos, diálogos a cámara lenta, somnolienta la puesta, afortunadamente en 40 minutos despacha al público. Una “escenografía” paupérrima, vestuario fuera de lugar, por momentos los protagonistas son una taza de café y una copa de vino. La directora hace una retrospectiva de cómo era el teatro en el siglo pasado, unos apagones prolongados, no comprende que los segundos se pueden convertir en minutos en un escenario, se podría entender por cambios de escenografía, explicaría pero no justificaría, aun cuando ésta no varía ni un ápice; hay “cambios” de vestuario, por ejemplo una falda por un pantalón, con ello, según ella, hay traslados en el tiempo y de lugares.

 

Pero, ahí no acaba el desastre. Las “actuaciones” son para llorar. Christian Ramos, sin presencia, sin carácter, cero emotividad, parece un espontáneo, alguien que saltó al ruedo (escenario) a lidiar un toro sin capote.. Tatiana de Real tiene instantes buenos, sobre todo cuando es víctima de las crisis emocionales, su trabajo lo único medio rescatable del fallido montaje.

 

En concreto, no hay texto ni dirección, menos actuación, sin embargo quien no tenga nada mejor que hacer puede acudir a La Teatrería (Tabasco 152, Col Roma, Ciudad de México), los jueves a las 20:30 y sábados a las 21:00 horas, hasta el 22 de diciembre. Claro, luego lamento que no me inviten al teatro comercial cuando en verdad lo debería agradecer, al menos en casos como éste.