ALACRÁN O LA CEREMONIA (LAS ANÉCDOTAS NO SE QUEDAN EN EL PASADO)

Texto por Alejandro Laborie Elías, crítico de teatro 

Imagen tomada de Facebook de la página de José Antonio Lucía

Son muchos los que piensan que el tiempo es el olvido, sin embargo, Alacrán, personaje principal de la obra que hoy nos ocupa, considera, afirma en forma categórica que las anécdotas -vivencias personales- no se quedan en el pasado, inclusive evolucionan con cada uno de nosotros.

AlacránReviven cada noche al calor del alcohol, en tabernas de mala muerte, en solitario o rodeado de unos malandrines. El amor perdido, ese que subsiste en el pasado hecho presente, un sentimiento mental, ese que conlleva la amargura por delante, sin descontar gozo momentáneo, porque la realidad es inevitable, se sucumbe en forma lenta.

“Alacrán es un personaje tragicómico, negro, divertido y absurdo, al puro estilo de las sórdidas tabernas españolas”. Así lo dibuja José Antonio Lucía (español) en el monólogo Alacrán o la ceremonia, bajo la dirección de Román Podolsky (español). La Cangrejo, mote asignado a la amada, es digna de envidia: provocó pasiones y evitó el olvido, se dio el lujo de abandonar. El dramaturgo la convierte en el personaje principal aun cuando nunca está en forma física en el escenario. Como buen monólogo cae de lleno en la narrativa, en lo descriptivo, se habla para el público, en ocasiones el protagonista para sí mismo. Hasta cierto punto es lineal, eso sí, conmovedor, enternecedor. Alacrán produce lástima y pena, uno se solidariza; el autor llega a la parte visceral de los espectadores. Curiosamente el humor está presente, es catártico, nunca es forzado. Se cuenta desde el primer encuentro entre ambos, el desarrollo de la relación, las aventuras y pesares vividos, la conclusión llega, no se necesita ser adivino para deducir el desenlace. El fondo se puede sintetizar en: “Salir de la realidad es un lujo que pocos pueden darse”.

Una mesa, una banca y una silla le bastan a Román para su propuesta. Lleva al actor por la parte emocional, acertada la forma tan natural alcanzada por ambos; maneja el humor con tino dramático; permite que el público vea, sienta, conviva con el Alacrán y la Cangrego. Medido en su tiempo y ritmo, sin embargo, más de alguna vez rebasa la frontera y cae en las profundidades de lo hiperdramático.

El Alacrán, encarnado por el propio José Antonio Lucía, es una delicia, lo mismo actúa, canta, baila, da vida a unas zapatillas que se mueven al ritmo del flamenco. Proyecta el yo interior del susodicho, saca a la luz cómo se desgarra ese ser humano, cómo se convierte en un andrajo, todo emanado del histrionismo del intérprete, hecho loable si comulgamos con la postura de que el monólogo es el reto más difícil del quehacer teatral.

Alacrán o la ceremonia presentó solo dos funciones en el marco del Ciclo Escena Internacional, en el Teatro Helénico. Quienes disfrutamos del montaje quedamos convidados a ver otras propuestas de estos españoles y nos deleiten nuevamente con su talento.