ALGO DE POESÍA

Texto por Ignacio Velázquez

Imagen de Internet

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2006/02/26/sem-cedeno.html

juan fulfo

José Cedeño

La poesía en Rulfo

Había una luna grande
en medio del mundo.
Se me perdían los ojos mirándote.
Los rayos de la luna
filtrándose sobre tu cara.

No me cansaba de ver
esa aparición que eras tú.

Suave,
restregada de luna;
tu boca abullonada,
humedecida,
irisada de estrellas;
tu cuerpo
transparentándose
en el agua de la noche.

¿No es la poesía el arte literario en donde el sonido y el ritmo se conjugan para emanar de ellos un sinnúmero de reflexiones y de imágenes? ¿Dónde radica esa diferencia entre el lenguaje cotidiano y el poético?

Jakobson ya hacía esta diferencia entre las funciones del lenguaje, y reconoce esa línea que divide el discurso poético del habla cotidiana: “la poesía es el lenguaje en su función estética”. Esa diferencia que radica, principalmente, en desdoblar el significado de las palabras, combinarlos, y emerger de ellos verdades ambiguas, incluso con interpretaciones personales.

Y aunque, normalmente, los narradores tienden a seguir la forma cotidiana de hablar para dedicarse solo a contar, existen casos extraordinarios que se niegan a despegarse de este redescubrimiento del lenguaje, en donde, al mismo tiempo, se aspira a jugar el juego de la música. Este es el caso de Juan Rulfo.

… Y la tierra es empinada.
Se desgaja por todos lados
En barrancas hondas,
De un fondo que se pierde
De tan lejano.

Dicen los de Luvina
Que de aquellas barrancas
Suben los sueños;
Pero yo
Lo único que vi subir fue el viento,
En tremolina,
como si allá abajo
lo tuvieran encañonado
en tubos de carrizo.

Partiendo de la premisa de que la poesía tiene el sonido y el ritmo como elementos fundamentales para su discurso, no podemos negar que esa es una de las riquezas de la voz de Rulfo. Él habla y en su discurso los sonidos y el ritmo fluyen autónomos para después convertirse en imágenes poéticas imborrables:

Cae una gota de agua,
grande, gorda,
haciendo un agujero en la tierra
y dejando una plasta
como la de un salivazo.

Cae sola.

Nosotros esperamos
a que sigan cayendo más.

No llueve.

El ritmo es, sin duda, ese gran motor en la narrativa de Rulfo. Recuerdo la primera lectura que hice de El llano en llamas y aún suenan como un tambor, sobre mis oídos, textos que no dejan de emitir sus pasos, que se desdoblan uno tras otro: palabras que sueñan con llegar a Talpa y no se detienen sino con la muerte de Tanilo (eso sí, recomiendo escuchar la versión de voz viva hecha por el propio Rulfo con ese acento serrano en busca de sobrevivir).

Algún día llegará la noche.
En eso pensábamos.
Llegará la noche
y nos pondremos a descansar.
Ahora se trata de cruzar el día,
de atravesarlo como sea
para correr del calor y del sol.
Después nos detendremos.
Después.
(…)

Ya descansaremos bien a bien
cuando estemos muertos.

O ese ritmo en Macario, en donde emergen frases una tras otra, semejando el salto de las ranas que Macario espera para darles muerte.

Las ranas son verdes
de todo a todo,
menos de la panza.
Los sapos son negros.
También los ojos
de mi madrina son negros.
Las ranas son buenas
para hacer de comer con ellas.
Los sapos no se comen;
pero yo me los he comido también,
aunque no se coman,
y saben igual a las ranas.

El uso ingenioso de los verbos que hace Rulfo, repitiéndolos frase tras frase, provocando un ostinato rítmico (en el caso anterior el verbo “ser” que da color a las ranas, a los sapos y a los ojos de Felipa, la madrina de Macario). Es como si Rulfo clavara los verbos a puñaladas hasta asegurarse que la sangre que se derrama los contiene:

Hay aire y sol,
hay nubes.
Allá arriba un cielo azul
y detrás de él
tal vez haya canciones;
tal vez mejores voces…
Hay esperanza, en suma.
Hay esperanza para nosotros,
contra nuestro pesar.

En este trozo de Pedro Páramo, Rulfo utiliza el “hay” como un verbo que termina convirtiéndose en un lamento, en un aye, en un ¡ay! Un lamento del que está hecha toda su obra: desde los lamentos venidos de los muertos hasta los que producen los vivos en busca de esta esperanza.

Es este ritmo que utiliza Rulfo, y que se combina con el encuentro de las imágenes y las metáforas, el que hace que los murmullos se conviertan en frases canoras en las que podemos descubrir, siempre que lo hagamos, una nueva lectura.

Sintió que su mano izquierda,
al querer levantarse,
caía muerta sobre sus rodillas;
pero no hizo caso de eso.
Estaba acostumbrado a ver morir
cada día
alguno de sus pedazos.
Vio cómo se sacudía el paraíso
dejando caer sus hojas:
“Todos escogen el mismo camino.
Todos se van.”

Es el final de Pedro Páramo y Rulfo deja caer primero la mano de Pedro Páramo, y enseguida amplía esa imagen a las hojas del paraíso que caen y entonces metaforiza esa caída para desdoblarla en una desesperanza universal.

Y es que allá
el tiempo es muy largo.
Nadie lleva las cuentas de las horas
ni a nadie le preocupa
cómo van amontonándose los años.
Los días comienzan y se acaban.
Luego viene la noche.
Solamente el día y la noche
hasta el día de la muerte,
que para ellos
es una esperanza.