ALGO DE POESÍA

Por Ignacio Velázquez

Fuente; https://www.poemas-del-alma.com/delfina-acosta.htm

 

delfina acosta

Delfina Acosta es una poetisa, narradora y periodista de origen paraguayo, nacida en Asunción en 1956. En 1986 se editó su primer libro Todas las voces, mujer…, el cual le mereció el Primer Premio Amigos del Arte, además de considerarse una obra de referencia. Hasta ese momento, algunas de sus poesías se habían incluido en la publicación Poesía itinerante, dirigida por el Taller de Poesía Manuel Ortiz Guerrero. Trabaja como columnista del diario ABC Color, a cargo de la crítica literaria de poetas y narradores paraguayos en el suplemento cultural. Entre sus poemarios publicados, encontramos La cruz del colibrí, cuyo prólogo fue redactado por la poetisa Gladys Carmagnola, Romancero de mi pueblo, ganador del segundo puesto del Premio Federico García Lorca, Versos esenciales, dedicado completamente a la memoria de Pablo Neruda, y Querido mío, premio Roque Gaona, muy bien recibido en su país.

Un día tú dijiste

Un día tú dijiste: soy feliz. La tienda azul del mar es mi camisa. Junté en mi percha todo de este mundo: el torso del océano y la brisa. Te fuiste a caminar alegremente por Chile entero dando Buenos días al vendedor de anzuelos y pescados, a la mujer inmóvil de la esquina, que abrió, feliz, sus ojos, al oírte, y abrió, también, de golpe, sus sombrillas, al sastre que lustraba un saco a cuadros, y a la virtuosa ronda de las niñas. Mas para ti no ha sido aquello mucho. Te diste a hablar también a las semillas de lo que luego fue un oscuro bosque, y aquel carbón del pobre vuelto chispa. Ah…, cuánto conversaste así Neruda. Qué alegre y corto se te puso el día. Y aún quisiste hablar con el silencio para escuchar el oro de su risa. Después de hacerse tarde regresaste a tu conciencia de una flor con firma. Cenaste. Te acostaste. Las estrellas en tu ventana, aguadas, sonreían.

  

El beso

Voy a contarte un cuento que otras saben. Las menos como tú jamás supieron. Era un juego de a dos pues se enfrentaban un rey hermoso y una reina a besos. Y érase que ella alegre se moría como última tecla en cada beso. Y él riendo tomaba con su boca un poco de su lengua y de su aliento. Pasó el verano bajo el puente chino, sopló el otoño y garuó el invierno, volvió la primavera y se marchó detrás de un par de niños aquel juego. Y érase esa mujer que aún lo amaba, y moría de pena, pero en serio. Y érase la tristeza en el ciprés la hora en que llovía en ese reino

Niño bello

En tu día de bodas, niño mío, arrancaré las flores de tu herida. Tu cutis sobre el mío hará caer del cielo en esa noche lozanía. Te limpiaré a la aurora con mi lengua y me odiarás fielmente cada día. Mi nombre harás rodar del río al mar. No le amarás aunque su amor le pidas a la mujer que dejará alargar por ti su cabellera de llovizna, y a la otra también, que trenzará sus bucles con malezas y gramillas. Deja niño que sea yo quien cause el mal irreparable en ti. Que digas que te he querido y que te quise más de lo que por quererte me querías

Costumbre perra

Si la hojarasca en niebla se convierte yo dejo la ventana y voy, amado, en busca de tus sábanas. Me acuesto con paños de mi fiebre en tu costado. Qué amor tan taciturno es este sueño: llegar ya tarde a noches de relámpagos, ya tarde a los ocasos, no morirnos cual árbol de oro viejo al pie de un astro. Mi sueño es solo un verso de crepúsculo, un lobo de ojos tristes reclinado sobre su mal pues se perdió en el bosque y el viento en sus oídos es engaño. Esta manera de quemarme el alma, este morirme sin haber sangrado, esta costumbre perra de quererte, este quedarme entera en tu costado.