LA DIVINA ILUSIÓN: “AMO EL TEATRO PORQUE NO ES MI VIDA”

Texto por Alejandro Laborie Elías, crítico de teatro

Fotografía tomada de la página de Facebook de Pilar Boliver

 

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Soy un apasionado del teatro. En múltiples obras me he visto reflejado en algún(os) personaje(s), en una situación, en una forma de ser. Nunca había caído en la cuenta, como lo sentencia el canadiense Michel Marc Bouchard, que “amo el teatro porque no es mi vida”. No he sido víctima de patrones explotándome en una fábrica, tampoco abusado por un pederasta; no he padecido un adoctrinamiento religioso que me lleve al perjurio, a mentir sin importar las consecuencias para otros o me haga perder la dignidad; no he sido privado de mi libertad física, menos psicológica en grado patológico, ni he sentido el fallecimiento de un hijo por trabajar en la producción de artículos suntuarios. Ahora soy consciente que amo el teatro porque no es mi vida.

Esto y más aborda el texto La divina ilusión, del dramaturgo antes citado. La obra nos retorna a un pasado (Quebec, 1905), lo cierto es su desgraciada actualidad en cualquier país de Europa, América, Asia o África. Provoca, sin piedad o consideración alguna, si el arte, en este caso el teatro, puede concientizar a la sociedad, no solo denunciar sino transformación. Frases contundentes: “El miedo es el enemigo del talento” o “El peligro de la sumisión es cuando se vuelve costumbre” o “No hay forma de cambiar al mundo”. Esta última me deja ciertas dudas, creo que el teatro si bien no ha hecho en alguna medida una revolución social, en otra sí ha contribuido a mejorar el entorno cuando éste ha estado inmerso en la injusticia. De hecho, desde Platón se le tenía pavor a los actores porque invitaban a pensar, lo cual es problemático para los gobernantes.

“En diciembre de 1905, en Quebec -Canadá-, Michaud, un joven seminarista en búsqueda de éxtasis dramático, dedica su primera obra a su ídolo, la divina Sarah Bernhardt, la cual, tal como un haz de luz intempestivo, acaba de llegar a su ciudad sombría. La divina ilusión es la fábula del encuentro entre esta actriz mética y este joven en pérdida de la inocencia y que toma conciencia de los sufrimientos de su época” (Bouchard).

Si bien hay un dejo muy marcado de pesimismo y no precisamente un final feliz, a la postre hay un chispazo de esperanza en y del ser humano. Teatro en el teatro, éste como un medio artístico con el propósito de mostrar y demostrar las debilidades de la aldea global, a través de un poblado en particular. Mucho sarcasmo, por extraño que parezca, humor, una anécdota dramatúrgica con valores y antivalores éticos, un cuestionamiento abierto y directo al clero, a los empresarios, al poder en general.

Boris Schoemann asume el reto de la dirección. Un trazo limpio a pesar de contar con diez actores en escena en un espacio tan reducido como es La Capilla. A cada uno le explota las características propias de sus personajes, simultáneamente unos en un tono, otros en uno diferente. Nunca pierde la atención y el interés del público, a pesar de que el desarrollo transcurre en cerca de tres horas. Aun cuando es una obra complicada, fácil de caer en lo panfletario, Boris dramatiza -en el correcto significado- a la perfección. Un reparto integrado por varias generaciones y formaciones, todos cohesionados como equipo.

Pilar Boliver, Miguel Conde, Miguel Corral, Dali González, Gabriela Guraieb, Olivia Lagunas, Constantino Morán, Carmen Ramos, Servando Ramos, Eugenio Rubio y Mahalat Sánchez, todos espléndidos, deleite para quienes gustan de la buena actuación. Todos destacan, de ellos emanan actitudes y pensamientos que convierten el teatro en arte con posibilidades reales de la toma de conciencia por parte de los espectadores.

La divina ilusión, enseñanza de las posibilidades del escenario como instrumento perturbador y al mismo tiempo provocador de hilaridad, se representa en La Capilla (Ciudad de México), hasta el 21 de noviembre, lunes y martes a las 20:00 horas