LA SEMILLA (LA MEMORIA COMO POSIBILIDAD DEL FUTURO)

Texto por Alejandro Laborie Elías, crítico teatral

Una frase, insertada en el programa de mano, me recordó el título de una de las grandes novelas mexicanas, Los recuerdos del porvenir, de Elena Garro; ésta reza: “Hacemos una puesta en común para una construcción otra de nuestro presente; confiamos en la memoria como base de nuestra posibilidad de futuro”. Nada que ver el título y fondo de la obra literaria con lo expresado por Édgar Chías y Gabriela Ochoa,  como antesala de La semilla, simplemente una proyección mental de mi parte.

Chías, como autor, Gabriela, como directora, nos presentan a Olinda, una muchacha huyendo de algo; la siguen los problemas de los que se quiere apartar; busca llegar a algún lugar donde se pueda estar en paz. ¿A dónde ir si todo lo que la rodea está en ruinas? Una joven con problemas en medio de un desastre.

Por otra parte, más allá de la apertura actual en cuestiones sexuales y el apoyo de la ciencia para concebir un hijo sin importar la edad, sigue siendo escandaloso -planteado en el texto- que una abuela se enamore de su nieto y tengan una hija mediante una matriz alquilada. Como dice Chías: “la vida y el mundo no se distinguen por la congruencia”. Olinda, en un camino en busca de respuestas que la aparten de su destino trágico. Ella se considera maldita desde siempre, por la huella de los errores de otros.

Chías representa una generación de dramaturgos irreverentes con relación al “clásico” teatro mexicano, digamos el de la segunda mitad del siglo XX en adelante. Discutido por unos, admirado por otros. En La semilla, obra que hoy nos ocupa, el autor se basó en un hecho real que encontró en Internet, el amor carnal de una abuela hacia su nieto. La concibió en dos planos: narradores hablando directamente al público y los personajes dialogando entre ellos. Incluye largos monólogos. En el subtexto encontramos el desastre como algo heredado, la aberración del devenir humano; la falta de valores entre los integrantes de la sociedad. Reiterando, hay varios planos y se aparta por completo de lo lineal. Estamos frente a una tragedia moderna, centrada en lo existencial. Hay toques de humor (negro) y por increíble que parezca hay una esperanza a futuro. Lo único criticable -al menos desde mi perspectiva- es que los personajes, en un momento dado, hablan como si fueran los sobrinos del Pato Donald, esto es, uno empieza la frase, otro la continúa y así hasta concluirla.

Gabriela Ochoa, junto con Jesús Hernández, sitúan el desarrollo en una escenografía sui géneris: unas ruinas al fondo (pasado) y hacia el proscenio un espacio más moderno (presente), sugerido por el diseño del piso; además del empleo de un ciclorama a partir del multimedia. Gaby comprende la intención dramatúrgica y la lleva a buen puerto; propuesta pausada con buen ritmo, más si tomamos en cuenta se trata de un texto denso, complicado, una distracción es la perdición para el espectador. Bien por la directora.

Surya Macgrégor, Mahala Sánchez, Raúl Briones y Sofía Sylwin integran el reparto. Las dos primeras, excelentes, sobre todo en sus respectivos monólogos; cautivan con cada palabra que pronuncian. Raúl intrascendente, tal vez por ser así su personaje, no tiene mayor relevancia. Sofía, bien, a secas, mucha entrega y pasión, lamentablemente forzadas, en varias de sus intervenciones en lugar de proyectar desesperación mediante su voz, o angustia… se dedica, literalmente, a gritar.

La semilla se representa en el Teatro El Granero (Ciudad de México), jueves y viernes a las 20:00, sábados 19:00 y domingos a las 18:00 horas, hasta el 15 de octubre.