MEDEA (INTROSPECCIÓN DEL ¿POR QUÉ?)

Texto por Alejandro Laborie Elías, crítico de teatro
Imágenes tomadas de Facebook de la página de Martina Sivori

 

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Medea, mítico personaje, asesinó a sus hijas para castigar a Jasón, quien la abandonó por una “puta” corona. En un acto de introspección -desde la perspectiva dramatúrgica del chileno César Farah- y con el propósito de fundamentar, tomando como punto de partida su niñez, el por qué del infanticidio.
Si bien la mitología en muchos casos tiene elementos históricos, en buena medida es producto de la fantasía, no por ello el vocablo mito se usa como sinónimo de fingido o de mentira. El autor que hoy nos ocupa se recrea en su imaginación, en lo que pudo pensar, sentir y, por lo mismo, vivir Medea. Trata de dar una visión de sus conductas como la traición y el asesinato, más que justificar pretende explicar. Se podrá estar de acuerdo con él o discrepar, no por ello deja de ser interesante escucharlo, caminar junto con sus planteamientos y meditar sobre la posibilidad psicológica de sus argumentos. Describe una relación poco común con su padre, un tanto patológica con matices de temor y rencor entre ambos y al mismo tiempo de respeto, claro, cada uno con su peculiar forma de entenderlo, así como su relación sentimental con Jasón.
Farah opta por el monólogo. Es sabido que éste tiende a caer en lo discursivo, en lo narrativo, este caso no es la excepción. La actriz comparte la esencia del íntimo pensar con el espectador en forma directa y llana; por fortuna hay múltiples escenas inmersas en la actuación, se olvida al auditorio y vemos al personaje solo frente a sí mismo, debatiéndose en un duelo existencial entre el ser y el deber ser. Sentencia: “Nada queda en la vida, solo el camino que conduce a la muerte”. El por qué, la respuesta queda abierta.

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El autor asume la dirección de su creación dramática. Una escenografía consistente en una plataforma circular en alto, en realidad son dos, la segunda no es un círculo perfecto y menor en sus dimensiones; un círculo pintado hacia el proscenio rodeado parcialmente por unas velas. Tal vez, que conste que solo tal vez, sean los círculos que encierran a Medea, más que física emocionalmente. Sin embargo, tratándose de una compañía en gira en muchas ocasiones la escenografía es improvisada, no es la original, se adaptan a lo que los organizadores pueden proporcionar, no sé si sea el caso. Por otra parte, el vestuario, supongo, sí es diseño original, es desconcertante: al inicio en lugar de una mujer del mundo helénico da la impresión -al menos a mí- de una oriental, después de vedette, para efectos prácticos es intrascendente.
Ahora vayamos a lo mejor: la actriz, Marina Sivori. Durante el desarrollo va de menos a más, al máximo. Dominio del lenguaje corporal, incluyendo episodios replicando a un primate. Los clímax llegan solos, los hace un deleite, una invitación a la compasión. Con elegancia proyecta el erotismo -abundante por cierto- que marca la dirección. Libra la parte del texto pronunciada en inglés, mismo que está fuera de lugar y no aporta nada. Manipula un títere que representa al padre, dialoga con él, dos en uno, lo hace tan natural que en verdad el progenitor cobra vida escénica. Su rostro, de Martina, transmina la desolación como una cicatriz perpetua.
Dos funciones en la Ciudad de México, por ella, Martina, hubiéramos deseado una temporada, bueno, se aplica aquello de que: “de lo bueno, poco”. Así aconteció con la producción del Centro Experimental de Arte Tessier (Chile), en la Sala Novo.