NIÑOS CHOCOLATE

Texto y fotos por Eugenia Galeano Inclán

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Casi a todas las personas les gusta el chocolate. Para algunos, su aroma y su sabor resultan irresistibles. Los mexicanos somos particularmente adictivos al chocolate. En ciertas regiones, no hay nada mejor que beber una taza de chocolate caliente preparado con leche o con agua. En el aspecto culinario es parte fundamental de muchas recetas, incluso, es ingrediente básico de nuestro tradicional mole. Así mismo, a muchos dulces artesanales se les añade un toque de chocolate. Lo que pocos saben es que la fabricación de esta preciada golosina tiene un lado muy amargo.

 

Obtener el producto terminado requiere de un largo proceso. Lo primero es tener tierra fértil, luego sembrar las semillas, cultivar los cacaotales y esperar que crezcan. La cosecha es lo más difícil, para extraer el cacao, hay que cortar las ramas con machete, para lo cual se requiere de fuerza y precisión, a fin de evitar cortarse. Además, hay que protegerse de los insectos que son atraídos por el olor que despiden las hojas. Una vez que se extraen los granos de cacao o drupas, estos deben ser colocados uno por uno para que se sequen y fermenten. Después viene el empacado en costales para que los granos tratados lleguen a los productores de chocolate y otros derivados.

 

Si quien hace todo este trabajo es un adulto, le será laborioso, difícil y cansado, pero si se trata de niños, esto será muchísimo más complicado. Aquí es donde se encuentra lo amargo a lo que hemos hecho alusión. En muchas de las grandes plantaciones de cacao del continente africano, utilizan niños para llevar a cabo este trabajo. A algunos los compran, a otros los secuestran y a otros simplemente los atraen con promesas falsas. Esta práctica redondea sus ganancias, toda vez que los niños no reciben salario alguno. A lo más que pueden aspirar es a tener un techo y algo de comida. Un capataz los vigila, manteniéndolos atemorizados. Si no cumplen con su trabajo o intentan escapar, las golpizas que les propinan harán que olviden cualquier pretensión de liberarse.

 

Jaime Chabaud, quien es un reconocido dramaturgo mexicano, además de desempeñarse como guionista, pedagogo, periodista e investigador teatral, así como fundador y director de Paso de Gato, Revista Mexicana de Teatro y director de la Librería Paso de Gato, es también un hombre con vasta cultura. Por casualidad vio un documental respecto de la esclavitud infantil que se ejercía en las plantaciones de cacao, quedó horrorizado y utilizó su sensibilidad para hacer una denuncia a través de su dramaturgia. Fue así como concibió Niños chocolate.

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En Niños chocolate la acción ocurre en lejanas tierras africanas, pero no podemos dejar de pensar que en todo el mundo existe la explotación infantil. En nuestro país, los niños no son utilizados para plantar o cosechar cacao, pero, en cambio, sí los vemos por la calle pidiendo limosna, vendiendo chicles o dulces, limpiando parabrisas y muchas cosas más. Niños a quienes sus padres no envían a la escuela, sino a trabajar para contribuir con el gasto familiar. Es deleznable la forma en que algunos adultos les arrebatan su infancia.

 

El texto consigna la historia de tres niños que trabajan en la cosecha del cacao. Ellos son Kuwame de 13 años, Fatao de 10 y Niaaba de 9. Poco a poco se va revelando cómo fue que llegaron a la plantación. Mientras que Kuwame fue comprada a sus propios padres, Fatao fue raptado mientras jugaba con algunos de sus compañeritos de escuela, y a Niaaba fue su tío quien la subió a una motocicleta y se la llevó diciéndole que iban de paseo, para entregarla a quienes la esclavizarían. Al capataz lo llaman Papá Gyan y pobre de aquel que se porte mal o no lo obedezca.

 

La pobre de Kuwame apenas puede caminar, pues lamentablemente se cortó una pierna con el machete. Por supuesto, no se les brinda asistencia médica. Las heridas tendrán que sanar por sí solas.

 

Thomas, reportero de un periódico importante se entera de la esclavitud de los niños y decide viajar a Costa de Marfil y Ghana para llevar a cabo una investigación de campo y hacer un reportaje con fines de que esto sea del conocimiento público. Al llegar allí, los conoce, los entrevista, se va enterando de la situación de cada uno. Le inspiran gran compasión y respeto. Se encariña con ellos, se convierte en su amigo y no escatimará esfuerzo alguno para ayudarlos. En lo personal, le recuerdan a sus pequeños hijos Duncan y Violet.

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El montaje es sencillo. Entre penumbras y a ritmo de música africana, con tambores, marimba y percusiones, el espectador estará a lado de estos ingenuos niños que trabajan arduamente. La labor de dirección por parte del talentoso Alberto Lomnitz es formidable. Enmarca el texto de Chabaud en plena selva africana e infunde la emotividad necesaria a su elenco. Aprovecha a fondo el espacio escénico y logra que mediante corporalidad los protagonistas se vean realmente como niños.

 

El elenco está conformado por Marisol Castillo (Niaaba), Teté Espinosa (Fatao), Fabrina Melón  (Papá Gyan / Kuwame) y Alejandro Morales (Thomas). Todos ellos ofrecen una admirable labor histriónica y corporal. Ellas dejan de lado su natural coquetería femenina, presentándose sin afeites para parecer muchachillos. Los músicos en escena son Eduardo Castellanos y Guillermo Siliceo. La música original y la dirección musical son de Leonardo Soqui.

 

El resto del equipo creativo está integrado por Alan Uribe Villarreal en movimiento corporal y dirección adjunta, Edyta Rzewuska en escenografía, Patricia Gutiérrez en iluminación, Estela Fagoaga en vestuario, Jaqueline Ramírez Torillo en asistencia de dirección y como productora residente,  Tareke Ortiz en asistencia de dirección musical, José Manuel Majúl en asistencia de vestuario, Joseph Ramírez en asistencia de iluminación, Trama & Drama en realización de vestuario y texturización, Saira Lagunas en estampado para Trama & Drama; Toño Garduño en construcción de escenografía, mobiliario y utilería, pintura escénica y atrezzo, y José Jorge Carreón en fotografía. Excelente trabajo de todos y cada uno en beneficio del montaje. La producción es de Dirección de Teatro UNAM y la obra es presentada por la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, mediante la Dirección de Teatro.

 

Atrévete a adentrarte en la selva, conocerás a unos niños maravillosos que te platicarán sobre sus ilusiones y pesares. Se ganarán tu corazón y simpatía. No te pierdas esta conmovedora historia. En Niños chocolate encontrarás un estructurado texto, una brillante dirección, rítmica música y unas actuaciones entrañables. ¡No te la pierdas!

 

Niños chocolate se presenta sábados y domingos a las 13:00 horas en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario, ubicado en Insurgentes Sur número 3000, Ciudad de México. El costo del boleto es de $150.00 pesos. La temporada concluye el domingo 25 de junio de 2017.