OLER LA SANGRE

Texto y fotos por Eugenia Galeano Inclán

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Algo indispensable para disfrutar de la vida son nuestros sentidos. La percepción que tenemos a través de la vista, el gusto, el tacto, el oído y el olfato es lo que nos permite estar en contacto con el entorno y generar sensaciones que son guardadas en la memoria. Es así como desarrollamos la habilidad de recordar un rostro, un paisaje, algún platillo -lo que nos gusta o disgusta-, la música de nuestra preferencia, voces diversas y los olores de la naturaleza, las personas, las cosas.

Desde que se nace, los sentidos van evolucionando. Los recién nacidos no tienen la vista muy clara, dado que tienen que acostumbrarse al mundo exterior. El gusto también tardan en desarrollarlo, pues al principio solo pueden tomar leche. El tacto no les es importante porque aún no controlan sus movimientos. Al no conocer las palabras, les es difícil identificar las voces, más bien reaccionan a los ruidos. Algo que se cae o golpea, desde luego, los atemoriza. Para ellos, el sentido más importante es el olfato. Lo primero que conocen es el olor de su madre y se apegan en tal forma a éste que si la madre se ausenta, ellos lloran. Hace poco en las noticias comentaron de un padre que solía colocar junto a su hijo una prenda de ropa de su esposa, a fin de que el bebé no se inquietara mientras ella regresaba.

Cuando crecemos continuamos recordando los olores de nuestra niñez. Por ejemplo, al llegar a algún lugar nuestra memoria podría relacionar lo que en ese momento percibimos con algún olor del pasado, sin importar cuántos años hayan transcurrido. Nos entusiasman los aromas de la naturaleza -flores, hojas, árboles, pasto, tierra, mar, lluvia-. Identificamos el olor de fragancias como perfumes, productos de limpieza, medicamentos, etcétera. Los alimentos y bebidas se nos antojan más si huelen bien. Solemos decir: nada como el aroma del café en las mañanas o los guisos que preparaba la abuela. Ciertos olores tienden a provocarnos repulsión. El caso es que en nuestra mente quedan grabados miles de olores. Tal vez, lo que no nos hemos detenido a pensar es a qué huele la sangre.

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Ro Banda, dramaturgo, director y productor mexicano, aborda este tema en Oler la sangre. El relato comienza cuando Alo está en un momento de descanso en la cubierta del barco donde trabaja y, de pronto, en forma inexplicable, percibe olor a sangre y deduce que alguien ha muerto. Pensando que podría ser su abuela, se apresura a pedir permiso para ausentarse tan pronto lleguen a algún puerto. Apenas está en tierra va directo rumbo al lugar donde vivió su infancia. Alo sabe que tiene una hermana, pero no la conoce. Su madre lo llevó consigo cuando abandonó a su hija pequeña en casa de la abuela y es por esto que los hermanos jamás convivieron. Por su parte, Ale, hermana de Alo, ha vivido al lado de la abuela y cree que su madre ha muerto, pues nunca supieron nada de ella. Ale ni siquiera tiene conocimiento de la existencia de Alo. Tristemente, lo que Alo presintió es cierto. La abuela acaba de morir.

A través de la trama, Ro Banda explora la relación fraternal desde distintas perspectivas al retratar el reencuentro de estos dos hermanos tan distintos entre sí que crecieron apartados. El estructurado texto de Ro recorre una amplia gama de sentimientos que habrán de experimentar sus delineados personajes. Ro Banda elige una forma particular para narrar la historia, toda vez que además de la interacción y los argumentos, ciertas acotaciones y los títulos de algunos cuadros también son enunciados por sus protagonistas.

La labor de dirección por parte del propio autor es impecable. Aprovecha a fondo el espacio, el diseño del trazo escénico es equilibrado y fluido, algunas de las acciones sólo son marcadas, a fin de dimensionar las distancias, y mantiene un ritmo preciso. Sobre el escenario casi vacío, permite que la fuerza del relato recaiga sobre las dotes interpretativas de su elenco, apoyándose en acordes musicales que dan realce a los diversos estados anímicos por los que atraviesan los personajes.

Tanto Víctor Huggo Martín (Alo) como Adriana Llabrés (Ale) brindan una labor histriónica plena de emotividad, proveyendo a sus personajes de múltiples matices.

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El equipo creativo está integrado por: Ro Banda, en dramaturgia y dirección, Ximena Bonilla, Paloma Quintanal y Ro Banda en producción general; Iván Sotelo es el productor asociado, Ximena Bonilla y Paloma Quintanal en producción ejecutiva, Miguel Moreno en diseño escénico original, Isaías Martínez en adaptación de escenografía, Isaías Martínez en diseño de iluminación, Kevin Arnoldo en diseño de vestuario y texturización, Brandon Torres en música original y diseño de audio, Ariadna Díaz en diseño de maquillaje, Nathalie Anfuso en diseño gráfico y fotografía, Ulises Ávila en fotografía en escena, Jorge Coll en difusión y RP, Rogelio Treviño/La Silla Teatro en administración, Jaime Castillo en construcción de vitral y reloj, Rosa González e Israel Ayala en realización de vestuario, Víctor Huggo Martín en utilería de Alo, Jonathan Persan en asistencia de dirección, y Karen Casab en asistencia de producción y como stage manager.

Resulta interesante pensar que la consanguinidad es más fuerte que el tiempo y la distancia. Acompaña a Alo y Ale en su inesperado reencuentro. Mientras más se acerquen el uno a la otra, más se irán identificando. Un suceso natural es ilustrado por la sensitiva pluma de Ro Banda y sublimado por las cálidas interpretaciones de Víctor Huggo Martín y Adriana Llabrés, dentro del marco provisto por el equipo creativo. Además de entretenerte, te conmoverá y es probable que te lleve a valorar mejor tus propios lazos familiares. Apresúrate, quedan pocas funciones.

Oler la sangre se presenta los lunes a las 20:30 horas en el Teatro Helénico del Centro Cultural Helénico, ubicado en avenida Revolución, número 1500, colonia Guadalupe Inn, Ciudad de México. La localidad tiene un costo de $250.00 pesos, con descuentos acostumbrados para personas con credencial vigente. La temporada concluye el lunes 18 de septiembre de 2017.