“¿Y DÓNDE ESTÁ MI RELOJ?”

Texto y foto por Miryam Almanza

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Hay ocasiones que, por las prisas o el estrés, olvido las cosas, no sé dónde dejé las llaves, no recuerdo el número de teléfono de mi familia, olvido citas. Quiero pensar que es falta de atención, pero cuando ya se vuelve algo recurrente, créanme, sí asusta. Así me pasó alguna vez que desperté y, por más que intentaba, no lograba recordar qué día era, ¿tenía que ir a trabajar, o era sábado?, ¿había sonado mi despertador, o ni siquiera lo había programado? De verdad, fue un momento de angustia hasta que luego de un rato logré ubicarme.

Traigo a colación esta experiencia porque la recordé viendo El Padre, con el primer actor Don Ignacio López Tarso, que se presentó esta semana en Aguascalientes junto con un gran elenco. El Padre es una conmovedora obra de teatro en la que Andrés, un hombre mayor, está perdiendo su memoria. Está al cuidado de su hija, pero debido al avance de su deterioro mental, es necesario internarlo en una casa de asistencia.

El texto es maravilloso, y bajo la dirección de Salvador Garcini, la obra es buenísima, sin embargo, quien definitivamente se gana el aplauso es Don Ignacio con su actuación, porque nos lleva de la risa al llanto o de la desesperación al miedo y a la calma con una magistralidad increíble. El texto narra la difícil travesía por una enfermedad que avanza hacia la desesperación no sólo de quien la padece, sino también la de su familia: “¿Y dónde está mi reloj? ¡Necesito mi reloj! ¡Sólo así puedo funcionar!”. Pasa el tiempo y con este se comienzan a ir los recuerdos, nombres, lugares, rostros, las palabras. El deterioro de la mente es progresivo y no se puede detener. Y lo vemos en el escenario.

Quedé maravillada con el tratamiento que dan al tema a partir de los personajes, la iluminación y la escenografía, los primeros porque aparecen y desaparecen al grado de que el público no identifica si son reales o producto de la imaginación de Andrés; y luego con la iluminación y los negros se marca el grado de deterioro que sufre Andrés, el avance de su enfermedad, pues a través de estos efectos vemos cambios, al principio imperceptibles, en la escenografía: desaparece un florero o un cuadro, un vaso, luego un sillón, regresamos de la oscuridad y desapareció el librero, luego la mesa, así hasta que se esfuma todo el mobiliario, dejando a los personajes entre paredes vacías.

El Padre es una obra hermosa, emotiva. Y Don Ignacio es inolvidable en su personaje de Andrés, lo mejor es cuando en escena “baila tap”, ¡ah, qué momento!, pero lo que definitivamente se roba el corazón del público es cuando Andrés, en la habitación de la residencia donde está internado y en un momento de verdadera lucidez, se da cuenta del lugar en el que se encuentra, se ve solo y llora amargamente su tragedia. En ese momento, el público llora con él. ¡Ah Don Ignacio! Por eso se llevó una ovación de pie.