Y EL SILENCIO EN SUS MIRADAS (EL SECUESTRO Y LAS DESAPARICIONES FORZADAS)

Texto por Alejandro Laborie Elías, crítico de teatro

Perder un ser querido, más si es un hijo, es lamentable, doloroso, una pena, algo irreparable. Esta situación es más grave cuando la pérdida es producto de un secuestro, y más aún, cuando se trata de la desaparición forzosa. Es un problema en muchas partes del orbe, en nuestro país es vergonzoso, todos, o casi todos los días la prensa, televisión y radio nos informan de casos de este tipo. Son muchísimos más de los que nos enteramos, sólo cuando la víctima pertenece a las altas clases sociales, económicas o políticas. Sabemos de madres y padres quienes viven en la incertidumbre sobre qué les sucedió a sus seres queridos, llevan años buscándolos, la angustia de no tener la certeza sobre si están vivos o muertos, no tener una tumba para recordarlos.

A partir de una idea original y dirección de Belén de Santiago se presentó en la Ciudad de México: Y el silencio en sus miradas, un homenaje escénico a las familias de las personas desaparecidas, producción venezolana, española y mexicana. El texto está inspirado en la Antígona de Sófocles y del escritor francés Jean Anouilh. Monólogo a partir de testimonios reales de familiares que padecen esta situación, estamos frente a un teatro documental. La protagonista es ficticia, la historia de Celeste, caracterizada por la española Belén, quien con categoría asume el rol, una actuación impecable, emotiva, desgarradora. Ella inicia recordándonos lo vivido por Antígona, una analogía entre ésta y su hermano desaparecido hace nueve años. Refleja la parálisis emocional, la que conlleva al ataque o a la huida. La trama pretende dar voz, a través de Belén, a los desesperados que claman por la aparición, al menos de los cuerpos, de sus allegados. Predomina la narrativa; en todo momento el personaje se dirige en forma directa al público. El trabajo actoral es cautivador, conmovedor, natural; se ve a una mujer que sufre lo indescriptible, se le reconoce su valor y presencia escénica.

Rennier es superado por Belén. Rompe la cuarta pared sin sentido, pretende una catarsis a través de poner a cantar al público en una forma tan ridícula como dividirlo en bloques, una frase para cada uno y al concluir esta parte, un coro en conjunto, como de concurso de programa intrascendente de televisión o fiesta de niños. Acierta en la musicalización y una escenografía en la que sobresale una manta sobre el escenario con la representación del vehículo del cual fue levantado el joven; otra manta, a manera de ciclorama, con la silueta de una mujer de espaldas y otra figura de frente, imágenes con una fuerte dosis simbólica. Se ignora por que en determinadas escenas Belén emplea micrófono, tal vez para reforzar un grito desesperado.

Y el silencio en sus miradas tiene un valor interno producto de la dramaturgia e interpretación de Belén, su histrionismo conmueve, provoca una experiencia que nadie, absolutamente nadie, quisiera vivir. Lamentablemente esta producción a cargo del mexicano Santiago Martínez sólo brindó dos funciones en el Foro Shakespeare (Ciudad de México), mismo que en unos días cerrará sus puertas.