YANGA (NUESTROS ANTECEDENTES NEGROS)

Texto por Alejandro Laborie Elías, crítico de teatro

Imagen del cartel promocional

YangaLos mexicanos, al menos la mayoría, siempre hablamos de nuestro mestizaje, entendido éste como la fusión de dos razas: la indígena y la española. Prácticamente nadie se remite a nuestros antecedentes de la raza negra, más que discriminar a los miembros de este sector de la población, más bien los ignoramos, como si se tratara de seres invisibles. Son muchas sus aportaciones a la cultura nacional, sin embargo, hubo momentos en la historia, en particular en el siglo XVI, donde los negros eran más numerosos que los españoles, creo si no estoy en un error, que aquellos prácticamente desaparecieron del territorio que hoy conforma la República Mexicana por una epidemia que los diezmó. Sin embargo, aunque pequeñas hoy día sobreviven comunidades pobladas por negros en estados como Veracruz y Guerrero -inclusive en el corazón de Acapulco- sin descontar otras entidades federativas, no hay porque hacer caso omiso de sus danzas, su alegra música, sus artesanías, su vasta cultura y tradiciones, son nuestros hermanos, son mexicanos.

Lo anterior viene al caso por la más reciente obra llevada a escena por el dramaturgo Jaime Chabaud -quien además es investigador, pedagogo, catedrático y director de la revista Paso de gato, la mejor publicación en el ámbito nacional sobre la actividad escénica- intitulada Yanga, nombre de un personaje abocado a reivindicar los derechos, fundamentalmente la libertad de la raza negra en el México virreinal. En 1630 logró el reconocimiento como lugar autónomo de lo que entonces se llamó San Lorenzo de los Negros y en 1931 se rebautizó como el pueblo de Yanga. Un texto basado en un personaje y hechos reales, sólo como punto de inspiración para una dramaturgia original, sin caer, por fortuna, en el teatro documental o antropológico. Una combinación de narrativa -prácticamente monólogos- y diálogos, cierto con datos históricos y sociológicos sin caer en lo académico. Un lenguaje poético, casi en verso libre.

El lenguaje como la trama requieren de la atención permanente, concentración para asimilar todo el contenido, por momentos denso, si bien invita a la meditación, el mensaje es claro. Hay cuestionamientos agudos al virrey, a las clases sociales que explotaban y comerciaban con los negros, inclusive al clero, además de la inhumana costumbre de marcarlos con fierros calientes, no eran considerados personas sino animales. La traición, el asesinato, siempre presentes. Yanga, un personaje olvidado por nuestra historia, hoy sacado a la luz por Jaime, a través de tres documentos aportados por la investigadora Sagrario Cruz que dieron origen a esta obra.

La maestra Alicia Martínez Álvarez es la responsable del montaje. Opta por una escenografía sencilla, si a unos cuantos elementos se les puede denominar así. Unos cajones con diferentes simbologías, una hamaca, instrumentos como un arco (cuerda) una palangana, una guitarra, entre otros objetos-instrumentos. Los actores portan unos “palos”, los cuales van configurando diferentes espacios, inclusive situaciones; éstos se transforman en música de percusiones junto con los pies de los actores al repercutir en el entarimado, una delicia de melodías, de la sencillez a la profundidad auditiva. Un vestuario sugerente de una época, una retrospectiva dramática. El movimiento y el trazo escénico cobran identidad de coreografías. Un hecho histórico se convierte en una expresión artística con profundos toques de romanticismo.

Jesús Delgado  (Yanga), Marisol Castillo (Santiaga), Diego Garza (Don Pedro), Jorge de los Reyes y Esteban Caicedo (varios personajes) y Fabián Melón (acotador), llevan de la mano al espectador por esta sui géneris historia, como ya se mencionó, una acertada combinación de hechos reales con la ficción de la dramaturgia. Todos se integran en un conjunto estético, una sincronización perfecta, una gran puesta en escena, una labor de empatía entre dramaturgo, directora y elenco.

La producción es de Mulato Teatro, que encabeza Marisol Castillo. Por lo pronto concluyó su primera temporada en la Sala Xavier Villaurrutia del Centro Cultural del Bosque, con la develación de placa a cargo de Sagrario Cruz y Luisa Huertas. Jaime Chabaud ya está a la búsqueda de otra alternativa de recinto y provocar el deleite de quienes amamos el excelso teatro que escribe.