JAULÉRICA VIDA EN TEATRO

Por: Sylvia Margarita Ríos Casanova

Mahatma Gandhi dijo una vez: “La grandeza de una nación y su desarrollo moral,
pueden juzgarse por la forma en que trata a sus animales”.

 

Debo comenzar con comentarles amables lectores que a mi llegada al teatro para ver la obra Jaulérica Vida, se escuchaba claramente la música de la plaza de todos cercana y con todo respeto a quienes gustan de este espectáculo, no puedo evitar pensar como es posible que el sufrimiento de un animal sea su diversión, cierto, andamos bastante mal pues maltratar a los toros, caballos, gallos y un gran etcétera como sucede en la feria, sea el espectáculo que muchos disfrutan.

Y esto también se refleja en nuestros parques urbanos donde hay animales en cautiverio.
Desde un punto de vista humano, la práctica del encierro resulta degradante y la máxima pena de castigo por delitos, entonces ¿porque les hacemos esto a los animales silvestres? Los animales no son de ningún modo pertenencia del hombre, por lo que no existe derecho de divertirnos o curiosear a costa de la libertad de las especies.

Y precisamente de eso trata el libro “Jaulérica vida”, una colección de textos bajo la coordinación de Ana Leticia Romo, donde treinta voces de animales se hace presentes en poesía o en prosa de autores colaboradores que con su pensamiento y sensibilidad, presentan las terribles condiciones de los inocentes habitantes cautivos que viven en condiciones siempre perfectibles, y se vuelve un llamado a los humanos para asumir la urgente y responsabilidad de mejorarles en algo, su ya triste vida carente de libertad.

La puesta en escena bajo la dirección de Julio Cervantes, quien se inspiró en los textos de diversos autores del libro mencionado, logra a través de tres personajes, Venus Cervantes Gallegos como Mapache  y Daniela López Cerón como Verdugo y Avestruz,  hacer sentir al público la desesperación del cautiverio y el maltrato, del hambre y sed, de la incomodidad, de la soledad y todo eso que tienen que sufrir los animales encerrados injustamente en un zoológico, por la anacrónica idea de que somos sus dueños y podemos decidir sobre su vida y destino.

Así,  Mapache nos hace vivir la muerte de su único compañero de jaula, del miedo que siente por los visitantes sin tener donde ocultarse de sus insultos y burlas, del maltrato de su cruel cuidador, del hambre y el anhelo de satisfacerla con lo que buenamente le avientan algunos visitantes, del encuentro con un fotógrafo que le consuela y por fin, de su muerte por el intento de huir de su prisión.

Al final, ayudados por la excelente iluminación y musicalización de la puesta en escena, Mapache y Avestruz logran ser libres en espíritu para poder regresar al hábitat a donde pertenecen en realidad, dejando a sus compañeros de celda, ahí encerrados hasta su muerte.

Conmovedora obra que esperemos pueda ser puesta en escena pronto y ojalá se pueda llevar a las escuelas para sensibilizar a los pequeños.

Un reconocimiento a las actrices y al director, obras así se necesitan para reflexionar al respecto de nuestro proceder, esperando que sus voces resuenen en la conciencia de quien la vea para buscar la acción y consagrarse a los animales, en busca de liberarlos por fin, de su absurda y cruel esclavitud. Así además el teatro cumple con una gran misión, hacer ver, pues solo a través de la educación, algunos errores cometidos como prácticas inadecuadas con los animales podrán ser remediadas.

 

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